¿Y si la democracia no fuera para siempre?

A 50 años del golpe de Estado cívico-militar del 24 de marzo de 1976, hay algo que no podemos permitirnos: la comodidad del recuerdo.

Somos hijas e hijos de nuestra historia. Y tener memoria no es sólo recordar y conmemorar: es asumir una responsabilidad. Memoria es llamar las cosas por su nombre. Y llamar las cosas por su nombre es decir que aquella dictadura fue un plan represivo que buscó plasmar de modo sistemático un proyecto económico basado en la exclusión. 

Entre 1976 y 1983, la deuda externa argentina se quintuplicó, pasó de alrededor de 7.800 millones de dólares a aproximadamente 45.000 millones. En simultáneo, la participación de los trabajadores en el ingreso nacional cayó de casi el 50% a menos del 30%. Se desmanteló intencionadamente el entramado industrial y se consolidó un modelo de país basado en la especulación financiera y en la usura.

No fueron sólo cifras: fue salario que dejó de alcanzar, fábricas que cerraron, futuro que se desintegró y nada de esto fue un efecto colateral, fue parte de un método sistemático: porque mientras desaparecen personas, también se disciplinaba a toda una sociedad para imponer un modelo de país. Se buscaba forjar una identidad nacional sobre la base del miedo, la violencia y la desintegración social. 

En nuestra provincia, sin ir más lejos, desde diciembre de 2023 hasta la actualidad cerraron 310 establecimientos industriales y se perdieron más de 8.200 empleos en el sector. Es decir, liquidación de la producción con valor agregado local, precarización laboral y desempleo en ascenso, ataque a los derechos de los trabajadores. El país convertido en un remate. Y el silencio cómplice. El plan de la dictadura en plena democracia.

Cuando se promueve la desregulación absoluta, cuando se desprecia la producción nacional, cuando el endeudamiento aparece otra vez como única salida, cuando se naturaliza que el mercado ordene la vida de millones…no estamos ante algo completamente nuevo. Estamos ante ecos. Ecos de un modelo que ya fracasó. Ecos de un proyecto que necesitó del miedo para imponerse.

Y esas marcas, aunque a veces cambian de forma, nos constituyen como pueblo, como sociedad. Marcas que a 50 años del Golpe aún seguimos viendo todos los días

Por eso, cuando hablamos de memoria, no hablamos sólo de recordar el horror, hablamos de entender y de estar atentas y atentos, porque hay algo más: el conjunto de ideas, valores, reglas e instituciones que nos permitió, durante décadas, procesar en relativa paz nuestras diferencias hoy está bajo asedio. No es una exageración, es un dato de la realidad. Negarlo no lo vuelve menos grave: nos adormece, nos anestesia. Y lo que tenemos por delante exige exactamente lo contrario, nos exige lucidez, coraje y sentido de responsabilidad.

La historia no se repite pero rima

No hablo solo del  autopercibido “fenómeno barrial”, aunque todos los días haga su aporte al deterioro de nuestros cimientos democráticos. En todo el mundo se erosionan las reglas que, con límites, tensiones y contradicciones, ordenaron la convivencia. La fuerza vuelve a imponerse, ya sea a través de las armas o de las finanzas. Y aparecen actores globales, económicos, tecnológicos, que no responden a ninguna legitimidad democrática y que, sin embargo, inciden de lleno en nuestras vidas. Jugadores que no aceptan reglas y que ni siquiera necesitan Estados para ejercer poder.

Y en ese contexto, también en la Argentina hay liderazgos que, en lugar de poner límites, eligen alinearse. Que banalizan el conflicto, tensionan las instituciones y erosionan algo básico: el reconocimiento del otro. Porque hay un acuerdo, diría incluso tácito,  que supimos construir en estos más de 40 años de democracia: la tolerancia recíproca, reconocer en el otro una idea distinta. Un pensamiento distinto. Cuando eso se rompe, lo que se pone en riesgo no es una gestión. Es la democracia misma. Por eso, es válido preguntarnos: ¿y si la democracia no fuera para siempre?

Hace unos días, estuve releyendo el libro “Cómo mueren las democracias” de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt y ahí lo dicen y advierten bien clarito: hoy las democracias no suelen caer por golpes militares. Hoy las democracias mueren lento, sin ruido, desde adentro. Se erosionan cuando se naturaliza el desprecio por las reglas, cuando se debilitan los controles, cuando se deslegitima al que piensa distinto. Las democracias también pueden morir democráticamente, no cuando las atacan desde afuera, sino cuando dejamos de cuidarlas desde adentro. Y en ese punto, no hay lugar para ambigüedades.

Por eso este aniversario no es sólo una mirada hacia atrás, es sobre todo, un compromiso hacia adelante. Este 24 de marzo, cientos de miles vamos a volver a ocupar las calles y espacios en toda la Argentina. Para recordar a los 30 mil. Para acompañar a sus familias. Para exigir justicia. Pero también, y sobre todo, para decir algo muy simple y muy profundo: que en esta tierra no estamos dispuestos a discutir lo que ya aprendimos con dolor, que la democracia no admite ambigüedades. Y que la queremos, de verdad, para siempre, no como consigna: como decisión.

Porque el futuro también se construye con memoria, con verdad y con justicia. Y ese desafío todavía está en nuestras manos.

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